Migración y salud mental

migración y salud mental

En procesos migratorios conviene cuidarse especialmente, tanto física como mentalmente

Cuando una persona decide irse a vivir a otro país, ella misma y su entorno tienden a plantearse las dificultades a las que se enfrentará antes, durante y después del viaje hasta allí. Sin embargo, entre todas esas preocupaciones, muchas veces se olvida preparar o prepararse para los efectos que la migración puede tener sobre la salud mental.

Vivir en otro país, lejos de los valores culturales en los que hemos crecido o aprendido, de los vínculos afectivos que nos han sostenido siempre, puede ser una gran experiencia que enriquezca a esa persona o una situación muy difícil de afrontar y que acarree mucho sufrimiento. El clima, el idioma, la soledad, las diferencias culturales a la hora de conocer gente o encontrar trabajo son algunos de los aspectos que la psicología contempla entre los denominados “estresores vitales” y que pueden desestabilizar a una persona y dar lugar a sintomatología muy diversa.

Es importante tener en cuenta, además, que por las características de esta experiencia vital, el malestar relacionado con ello puede aparecer varios meses después de haberse mudado o incluso aparecer de forma intermitente y recurrente.

Expresiones como “morriña”, “síndrome de Ulises”, “duelo migratorio”, “el bajón de los seis meses” se usan a menudo en un lenguaje más o menos lenguaje coloquial. Pero, ¿qué implican todas estas denominaciones a nivel psicológico o en el día a día de una persona migrante?
Algunos síntomas que se han asociado a la migración (sea ésta por la causa que sea: familiar, económica, educativa, política, etc.) son: decaimiento, pensamientos relacionados con la culpa, tristeza, ansiedad o irritabilidad, preocupación y miedos excesivos, dificultades para dormir o descansar bien, cambios en el apetito, cambios de humor, dolores de cabeza, molestias abdominales, alteraciones dermatológicas u hormonales, sensación de soledad aun en compañía de otras personas, pérdidas de memoria o incluso ideas de muerte o suicidio.
Migrar conlleva un duelo por el que hay que pasar siempre que se cambia de lugar de residencia (también al regresar al lugar de origen) y todos los duelos generan cambios en la identidad de una persona. Si ese duelo se elabora correctamente, la persona saldrá fortalecida, más resiliente, con más habilidades y recursos que le ayudarán a enfrentarse a los retos que la vida le ponga por delante.

Uno de los grandes problemas añadidos a esta situación suele ser que los aspectos desagradables o dolorosos de migrar se viven en solitario o se ocultan a los seres queridos, incluso a las personas más cercanas y de mayor confianza que normalmente han ayudado a superar otras situaciones difíciles de la vida.

Compartir las experiencias vividas con otras personas que han pasado por lo mismo, ser conscientes de las dificultades que conlleva siempre trasladarse a vivir en otro país y, saber que algunas veces es necesario contar con ayuda especializada para hacerlo sin sufrimiento innecesario, son algunos aspectos que pueden ayudar a quien decide o se ve obligado a marcharse de su país, y también a quienes ven partir a sus seres queridos y quieren servir de apoyo en esos momentos.